Siga la cola, agárrese a la cuerda y llegará a la cima. Esta podría ser la consigna recibida por las más de 150 personas que aparecen en esta imagen tomada en la vertiente sur del Everest, a más de 7.000 metros de altura, el pasado viernes. Más de 300 aspirantes intentaron alcanzar el Techo del Mundo (8.848 metros) entre el sábado y el domingo; unos lo consiguieron, otros se dieron la vuelta y cinco personas perdieron la vida. Entre ellos, el médico español Juan José Polo, de 43 años, que, según la noticias que llegan de Katmandú, pereció de agotamiento en el descenso, tras lograr pisar la cima. Si a esta cifra sumamos los fallecidos durante las semanas anteriores, el balance se eleva a diez muertos frente a los 4 del 2011, los tres del 2010 o los cinco del 2009, según el registro que maneja la alpinista Billi Bierling, asistente de una de las máximas autoridades del Himalaya, la veterana Elizabeth Hawley.

Desde hace unos años, cada primavera se reabre el debate sobre la masificación del Everest y los riesgos que tales aglomeraciones de montañeros, algunos bastante inexpertos, comportan. En el 2006 saltaron todas las alarmas cuando el británico David Sharp se desvaneció y agonizó durante más de un día cerca de la cumbre sin que ninguna de las 40 personas que pasaron a su lado se dignara a auxiliarlo. Lo innegociable es la cima, premisa que fulmina todos los principios de la montaña, el primero el de la solidaridad. Esa temporada, además de Sharp, otras diez personas fallecieron en esta montaña. “Desde la muerte de Sharp las agencias invirtieron mucho para garantizar la seguridad de sus clientes. Se equipa prácticamente toda la ruta, con escaleras y con cuerdas fijas para subir y para bajar; los helicópteros pueden realizar rescates a más altura; los partes meteorológicos tienen un altísimo nivel de fiabilidad... Se ha desmitificado el Everest, la reducción de riesgos ha dado una falsa sensación de seguridad”, reflexiona la experta en himalayismo Ángela Benavides.
Ayer saltó otra preocupante noticia. El italiano Simone Moro anunció que se daba la vuelta desde el campo 3, que no estaba dispuesto a jugarse la vida ascendiendo junto a una multitud de personas inexpertas y lentísimas. Para hoy se espera la segunda gran oleada; se estima que más de 100 personas ataquen la cima por las dos caras de la montaña. Moro, un veterano alpinista curtido en expediciones invernales, tiene malos presagios y teme que las colas provoquen más accidentes. La mayoría de las últimas muertes se produjeron el pasado fin de semana en el descenso, cuando los alpinistas estaban agotados, desorientados y sin fuerzas.

El catalán Ferran Latorre, que se encuentra en la vertiente norte, también ha constatado esta temporada la escasa experiencia de algunos aspirantes a apuntarse el Everest. “Ahora mucha gente ya se pone oxígeno a partir de los 6.400 metros, algunos con una forma física bastante lamentable y muy por debajo del nivel que exige esta montaña. Sí, sufren porque hace frío, viento, y es un lugar duro, pero con cuerda fija y con oxígeno embotellado subir el Everest no tiene dificultad técnica”, contaba ayer Latorre desde el campo base avanzado. Este montañero y su compañero, Nacho Orviz, han sido víctimas del vandalismo: el miércoles, al llegar al campo 2, toparon con la desagradable sorpresa de que alguien se había llevado la comida, el combustible y la botella de oxígeno de su sherpa, que habían depositado unos días antes para preparar su ataque a la cima. “Sólo nos dejaron la tienda, suerte que el australiano Andrew Lock nos dio sopa y líquido y decidimos pasar la noche allí, a 7.700 metros, pero hoy (por ayer) hemos vuelto a bajar al campo base avanzado”, explicaba por teléfono vía satélite. Latorre y Orviz habían expresado a principios de semana un cierto desánimo al conocer la muerte del citado Juan José Polo y del alemán Ralph D.Arnold, con el que que compartían permiso y de quien todavía no se sabe la causa exacta de su muerte.
Lo cierto es que el Everest es foco de rumores y falsas informaciones. Hasta se había dado por muerto al italiano Luigi Rampini, de 69 años, que tras pasar varias noches atrapado a 7.700 metros fue rescatado el miércoles con vida. Por las noticias que llegan Rampini sólo tiene que lamentar congelaciones en manos, pies y nariz, el peaje que deben pagar muchos escaladores. “Este año estoy viendo un porcentaje más alto de congelaciones, esto es debido al largo tiempo de espera debido a las aglomeraciones: la gente coge frío y además tiene más riesgo de que se le acabe el oxígeno”, explica desde Katmandú la citada Billi Bierling.

Bierling ha estado esta temporada en el campo base de la vertiente sur del Everest junto con la macroexpedición comercial (unas 80 personas) de Russell Brice, quien finalmente decidió cancelar la ascensión al considerar que este año la montaña no era segura debido a “las malas condiciones en la Cascada de Hielo”. Bierling remarca también el peligro que implica tener que esperar más de dos horas a que te toque tu turno para salvar el Escalón de Hillary, una pared de roca de doce metros a 8.760 metros de altura, el último escollo antes de la cima por la vertiente sur.
Otro factor que propicia los “atascos” es que los alpinistas esperan la “ventana de buen tiempo” para atacar la cumbre y cuando llega todos suben al mismo tiempo, como sucedió el pasado fin de semana y como se prevé que pase hoy.
Jesús Morales, de la Unió Excursionista de Catalunya d’Horta, fue previsor. “Sabía que había mucha gente que intentaría llegar a la cumbre el viernes (día 18) y decidí ser de los primeros en salir del campo 4”, cuenta por teléfono ya desde Katmandú, feliz por haber logrado su objetivo. “Llegué al campo 4 a las 13 horas del viernes y a las siete de la tarde salía hacia la cima, dos horas antes que el resto de gente. A las 8 del sábado llegué arriba, sólo había 14 o 15 alpinistas”, precisa.
De un grupo de 16 personas sólo seis cumplieron su objetivo. Congelaciones, principios de edemas y otras indisposiciones invitaron al resto a abandonar. Morales, que tiene otro ochomil en su haber, el Dhaulagiri, lamenta ver tanta inexperiencia pero, en un acto de humildad, asume que él también forma parte de esa masificación, de ese turismo de alta montaña tan denostado.



Morales podría ser uno de los alpinistas que aparecen en las fotos tomadas por Ralf Dujmovits el pasado viernes a más de 7.000 metros de altura y que ilustran estas páginas. Este alemán, que ha subido los 14 ochomiles, se encontró mal en el campo 4 y decidió abandonar su intento de coronar el Everest sin oxígeno. No quería tentar a la suerte pues ya el día anterior se salvó por los pelos: un gran bloque de hielo cayó en el campo 3 hiriendo gravemente a dos sherpas y destruyendo 17 tiendas, entre estas la suya, que afortunadamente estaban vacías, media hora después de que él abandonara el lugar.
En el descenso “fui testigo de algo que no había visto en mis 50 años de vida: unas 200 personas avanzando una detrás de otra”. La mayoría ya con la máscara de oxígeno: “Todos con el mismo sueño, el Techo del Mundo a cualquier precio”.

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